Personal policial advertido por una llamada telefónica logró dar con los niños mientras aún se encontraban dentro de unos de los establecimientos. Inmediatamente se procedió a identificarlos y a convocar a sus padres para ponerlos en conocimiento de la situación.
Más allá del daño material causado a instituciones que son patrimonio de toda la comunidad, estos hechos exponen una problemática mucho más profunda: la absoluta irresponsabilidad de los padres. Resulta inadmisible que niños de 8 y 9 años deambulen solos por la calle en plena noche/madrugada, sin supervisión ni contención alguna, generando disturbios que alteran la tranquilidad de los vecinos.
La falta de conducta y la ausencia de sus responables se evidencian cuando menores de esa edad no tienen límites claros ni el acompañamiento que corresponde a su etapa de formación. Las escuelas no pueden ni deben suplir el rol primario de la familia. Cuando los padres no asumen su deber de educar, cuidar y controlar a sus hijos, las consecuencias las paga toda la sociedad.
Este tipo de episodios genera intranquilidad y una sensación de desprotección en la comunidad. No se trata de estigmatizar a los menores, sino de exigir responsabilidad a quienes tienen la obligación legal y moral de velar por ellos. Un niño de 8 años no debería estar en la calle a las 3 de la mañana rompiendo vidrios de una escuela. Debería estar en su casa, durmiendo, al cuidado de sus padres.
Es urgente que como sociedad reflexionemos sobre estos hechos y que las familias asuman el rol que les corresponde. La educación empieza en el hogar, y la ausencia de límites hoy son vidrios rotos; mañana pueden ser consecuencias mucho más graves.